El conocimiento del denominado "cerebro intestinal", un complejo sistema neuro-endócrino ha sido determinante para conocer el grupo de patologías denominadas trastornos funcionales digestivos. El mediador bioquímico más importante es la serotonina, que se localiza principalmente en el aparato digestivo (95%), que favorece la irritabilidad del mecanismo neuro-muscular del intestino.


Los trastornos funcionales digestivos son un grupo de trastornos motores con síntomas muy variados, que impactan la calidad de vida de los pacientes y pueden afectar cualquier segmento del aparato digestivo.  Se caracterizan por ser funcionales (por lo que no se curan, solo se controlan) y son de difícil manejo originando situaciones complicadas en la relación médico paciente. Producen impacto en la calidad de vida y dada su alta prevalencia en población económicamente activa ocasionan repercusión económica importante y menor rendimiento laboral.
Los más frecuentes:
ERGE (Enfermedad por Reflujo GastroEsofágico)
SII (Síndrome de Intestino Irritable) con 4 subtipos.
Dispepsia Funcional



La presencia de formas clínicas severas con frecuencia se asocia a personas jóvenes (menores a 50 años), con disminución de la intensidad de los síntomas en la mujer posmenopáusica. La prevalencia es mayor en el sexo femenino y diversos informes disponibles en la literatura biomédica han mostrado un incremento en el número de procedimientos quirúrgicos innecesarios (de apéndice, vesícula y ginecológicos) debidos a esta causa, por lo que es importante una adecuada valoración por su cirujano gastrointestinal.

El tratamiento de los trastornos funcionales se basa en la estrategia de proporcionar adecuada información al paciente, sin generar falsas expectativas, disminuir los factores de angustia, establecer una buena relación médico paciente y tratar los síntomas predominantes. Las recomendaciones para una adecuada consulta a los pacientes con trastornos funcionales digestivos incluyen:



Identificar preocupaciones del paciente incluyendo motivo de la consulta.
Explicar la base de síntomas.
Tranquilizar al paciente descartando datos de alarma.
Evaluar costo-efectividad de los medicamentos a emplear.
Involucrar al paciente para asegurar continuidad del tratamiento.
Establecer límites realistas.